HOY PUEDE SER UN BUEN DÍA PARA CAMBIAR EN LA PRESENCIA DE DIOS

Hace tiempo leí en algún lugar la frase “Hoy es un buen día para morir porque morir en ocasiones es el comienzo” . Y sinceramente esta frase vino vez tras vez a mi mente pensando en que aunque quien lo escribió manifiesta una gran insatisfacción en su vida. En mi vida representa todo lo contrario. Ya que para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia, así como dice el apóstol Pablo. Antes de conocer a Cristo como mi Salvador personal tuve que entender que estaba muerta en mis delitos y pecados (Efesios 2:1).
Y fue entonces que mi vida tuvo un sentido, una visión y misión. Para mí, entender que estaba muerta (separada de Dios) fue el comienzo. Y decidí tomar esta frase porque creo que “cada día es bueno para estar” en la presencia de Dios. Para cambiar, para creer, para madurar, para orar, para sufrir, para ser consolado, para recibir su provisión, para ser fortalecido, para ser sanado, para ser acompañado… etc.

Este es el día que hizo Jehová; Nos gozaremos y alegraremos en él.
(Sal 118:24)

Cada día fue creado por Dios pensado para ti y Él tiene su propósito. Espero poder ser de ayuda para que éste sea un buen día para que juntos nos gocemos y alegremos en Dios al ver lo que él nos tiene preparado

Sin más preámbulos, comenzaré a contarte mi historia.

HOY ES UN BUEN DÍA PARA CAMBIAR

Nací en un hogar en donde mi mamá era cristiana pentecostal y mi papá ateo. Durante mis primeros años mi mamá me llevaba con ella a los cultos de su iglesia. Recuerdo que eran cultos interminables; que me gustaba la música; que me asustaba la viejita que se sentaba a nuestro lado, con cabello gris y algunos pelos en su barbilla, y que se paraba de repente para empezar a gritar y hablar “en lenguas” (palabras sin significado para mí); pero también me acuerdo que me gustaba ir porque al final de la reunión el pastor me prestaba su guitarra para poder tocar un rato.
Cuando cumplí 7 años mis papás se divorciaron, y aunque tenía todo lo que necesitaba sentía un gran vació en mi corazón. Mirando hacia atrás entiendo que muchas cosas de las que hice no fueron más que un acto de desconformidad con lo que mis padres habían hecho. Mi hermano mayor es quién más sufrió, pues a sus 10 años tuvo que cambiar de escuela privada a una estatal, dejar a sus amigos que conocía desde el kínder, dejar su casa y su cuarto para llegar a un departamento pequeño (en comparación de la casa), a compartir su habitación con su hermana menor (o sea yo). En aquel entonces él manifestó más que yo su sufrimiento, ya que se aferraba a todo lo anteriormente conocido y se negaba a renunciar. Pero yo seguí mi vida disfrutando de los privilegios que el cambio me brindaba. Ahora podía ser la más inteligente de la clase, ya que por pasar de escuela privada a la estatal tenía mayor preparación, así que mi tercer año de primaria tuve muy buenas calificaciones. También como mi mamá ahora trabajaba todo el día nos cuidaban mis abuelos, quienes nos cumplían todos nuestros deseos. Si peleaba en la escuela o me iba mal podía decir que era a causa del divorcio de mis padres y todo se solucionaba. Claro que era una época diferente a la actual, donde eran muy pocas las personas que se divorciaban.
Obviamente nada de lo que hice fue culpa de mis padres, la responsable de mis actos fue únicamente yo, y mi naturaleza pecaminosa. Desde temprana edad aprendí a engañar y a mentir a mis maestras, abuelos y padres. Recuerdo que cuando mi mamá me decía a algo que no acudía a mi papá que me daba lo que pidiera. A mi abuela le decía que no tenía tarea y ella no revisaba mis cuadernos, entonces me permitía invitar amigas y jugar toda la tarde. También como a mis 10 años empecé a robar junto con unas amigas de escuela, un poco mayores que yo. Creábamos alguna distracción en la tienda mientras otra robaba dulces o lo que nos pudiéramos llevar. También como mis papás trabajaban todo el día, como a los 11 años empecé a fugarme de la escuela e ir a diferentes parques a fumar cigarrillos. Recuerdo que como a los 12 años probé mariguana pero no me gustó, y mientras otras amigas se inyectaban drogas con jeringas que recogían del suelo, yo no lo hice porque mi mamá, al ser instrumentadora, me volvía loca con el tema de los gérmenes y las enfermedades que podía contagiarme. Por esa razón, por no tener una jeringa limpia, Dios me libro de la esclavitud de las drogas. Aunque el cigarrillo era otra cosa. A este último llegué a tomarle el gusto. Asique le robaba los cigarrillos que mi mamá escondía en uno de los cajones de la cocina y luego compraba más para reponerlos y que no se diera cuenta.
Mis papás nunca se enteraron todas las cosas que llegué a hacer, y mis abuelos menos, pero existía una persona que sabía exactamente el estado de mi vida y hacia dónde iba.
Luego de cumplir mis 12 años mi mamá junto con algunos conocidos de la iglesia me invitaron a ver una obra de teatro llamada “Renacidos para una esperanza Viva” del ministerio de Palabra de Vida. Esta historia narra la vida de dos jóvenes adictos que se enamoraron y compartían su adicción, pero un día conocieron a Cristo como su salvador. Y aunque sufrieron las consecuencias de sus decisiones pasadas, portando el virus del sida, ambos compartían una esperanza futura en Cristo. Ellos escribieron la obra para que otros pudieran conocer de Dios y como él puede restaurar una vida. Cuando terminó la obra recuerdo que el presentador (Dan Nuesh) comenzó a hablar de la biblia y yo ya no escuche más, cerré mis oídos para no oír. Hasta que al final dijo: “Al salir por esa puerta ya sabrá si su destino eterno es el cielo o el infierno”. Recuerdo que cuando dijo estas palabras yo deseé que volviera a comenzar desde el principio pues no había oído nada y realmente no tenía idea de a dónde iría al morir. Recuerdo que quise salir rápido de allí y en el camino casi no hable. Solo respondí a Omar (el muchacho que nos había invitado) que sí iría a la reunión de jóvenes el próximo sábado a la tarde. La verdad solo lo dije por compromiso pero esperaba que lo olvidara tan pronto como bajara del auto. Al llegar a la casa, nos preparamos para ir a la cama. Pero la incertidumbre no me dejaba descansar. Entonces me levanté, me senté a los pies de la cama de mi mamá y le pregunté: Mamá, ¿si nos morimos a dónde vamos? Ella respondió con toda seguridad: Al cielo. Me sentí más tranquila pero quería estar segura, por lo cual le pregunte porqué. Y ella respondió, porque vamos a la iglesia. Tras su respuesta me sentí completamente en paz y volví a dormir.
Durante la semana siguiente intente pensar en alguna excusa que me librará del compromiso del sábado, ya que era una experta en mentiras. Pero por alguna razón no pude decir ninguna. Asique el sábado a la tarde, Omar pasó por mí y fuimos a la actividad de Club Bíblico de la Iglesia de Tapiales. Allí había unos jóvenes un tanto mayores que yo, que me recibieron con mucho entusiasmo (de hecho demasiado para mi gusto). Trascurrió la reunión con juegos y cantos, todo muy agradable. Luego apagaron las luces y solo quedo encendida una que apuntaba a un dibujo. A través del cual Juan Lella comenzó a explicar las necesidades que el hombre tiene: paz y amor. A medida que iba explicándolas podía sentir como si en realidad estuviera hablando de mí, como si alguien de allí me conociera en lo más íntimo y le hubiere dicho que decir. También dijo que aunque el hombre busque ser querido, ser valorado, ser tenido en cuenta, solo encuentra soledad. Y así me sentía yo. Trataba de comprar amistades con el dinero que tenía, trataba de complacer a mis amigos haciendo lo que ellos (robando, fumando, escapando de la escuela) para ser aceptada. Aparentaba ser una buena chica frente a mis padres y familia para ganarme su aprecio. Pero cuando me encontraba sola en mi cama me sentía sola, desprotegida e insegura a causa del temor de ser descubierta en mis fraudes y mentiras.
Mientras Juan seguía hablando mi corazón se inquietaba por saber sobre alguna solución. Juan dijo no tener la respuesta a estos problemas pero conocía a una persona que sí la tenía. Y era la persona de Dios. En ese momento yo pensé: Pero yo conozco a Dios, he ido a la iglesia y nada de eso me sirvió ni llenó el vacío que hay en mi interior. Luego explicó que entre Dios y el hombre hay una barrera que se llama pecado. Cuando dijo esto sentí todo el peso de la culpa sobre mí. Juan hablando a todos los presentes comenzó a enumerar una  lista de los mismos: robar, mentir, decir malas palabras, tener malos pensamientos. Lo sabía todo de mí. Me sentí horrorizada. Él entonces explico Romanos 3:23 “Por cuanto todos pecaron y están separados de Dios”. Yo estaba en esa condición. Separada de Dios. Ahora ansiaba más que nunca alguna solución a mi problema, pues entendía que mi destino era el infierno. Juan siguió hablando y no me distraje ni por un segundo, no podía perder ninguna de sus palabras. Explico que el Dios de paz y amor, viendo que no podíamos llegar a él a través de nuestras obras (efesios 2:8y9) envió a su hijo para que pagara por nuestros pecados en la cruz. Por amor Cristo llevó nuestros pecados y derramó su sangre en el madero, para que pudiéramos ser limpiados. Lo único que me pedía es que creyera que Cristo era el hijo de Dios, que había muerto por mis pecados y resucitado para darme nueva vida. (Ro. 5:28, Ap. 1:5, Juan 3:16).
En ese momento yo entendí lo que Jesús había hecho por mí, reconocí mi pecado y acepte que solo él es el camino para llegar a Dios. Tan pronto Juan oró, yo repetí cada una de sus palabras pidiéndole a Dios perdón por mis pecados y rogándole que Cristo sea mi Salvador. Al terminar, aún con los ojos cerrados levanté mi mano en lo que a mí me pareció una eternidad. Ya que por primera vez estaba manifestando en público que era débil y necesitada. Pues siempre fui la fuerte, a la que nada le afectaba.
Al terminar la reunión, una de las chicas, Vivi, me llevó a la cocina y me preguntó más acerca de mí; además confirmó si había entendido lo que había hecho hacia unos instantes.
Recuerdo que termino la reunión y al llegar a casa mamá estaba con un grupo de su iglesia y se gozaron al contarles la decisión que había tomado.
Esa noche todavía no llegaba a entender lo que había pasado. Solo sentí paz. Recuerdo que tomé una hoja e hice el dibujo que esa noche me habían mostrado (hoy lo conozco como evangelismo ilustrado). Al lunes siguiente, todavía emocionada por lo que había pasado, encerré a mis compañeros de clase dentro del aula en el tiempo del recreo y les dibuje el cuadro de evangelismo. Aunque había pasado todo el domingo tratando de recordar todo lo que Juan había dicho supongo que no fue lo mismo. Además que no conocía ni mencioné ningún pasaje bíblico. Supongo que tarde unos 5 minutos en explicar el cuadro y dejar salir a mis desesperados compañeros. Al ver hacia tras pienso que ninguno entendió lo que dije esa mañana. Yo solo quería compartir de aquello que me había transformado, aunque todavía no comprendía la magnitud del cambio que vendría.
Aquella acción solo sirvió como para identificarme como cristiana ante mis compañeros de escuela. A lo cual varios se acercaron para decirme que creían lo mismo que yo, aunque no se habían animado a decirlo antes.
Aquel 13 de agosto de 1994 mi vida cambió para ya nunca más ser la misma, y empecé un camino que todavía continua, pero ya nunca más sola. Pues desde entonces el Señor está conmigo.

“De modo que si alguno está en Cristo,  nueva criatura es;  las cosas viejas pasaron;  he aquí todas son hechas nuevas.”
(2Co 5:17)

“el Espíritu de verdad,  al cual el mundo no puede recibir,  porque no le ve,  ni le conoce;  pero vosotros le conocéis,  porque mora con vosotros,  y estará en vosotros.”
(Juan 14:17)

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