Hoy es un buen día para recordar su obra

Este es un monólogo que escribí hace unos años atrás para representar en la iglesia en estas fechas. Y espero que puedas leerlo y comprender, a través de la mirada de la madre de Jesús todo lo que él soportó por amor a cada uno de nosotros.

A través de sus ojos

“Estos últimos días han sido terribles para mí… He podido experimentar un amor tan profundo que solo es comparable con el dolor inmenso que siento al ver el martirio de mi hijo. Sufrí en mi carne el dolor de cada látigo que cayó sobre él; al oler su sangre secándose en el piso mezclada con el sudor que provocaba su dolor. Era tanto el sufrimiento que ya no podía permanecer de pie; ¡en mi corazón deseaba gritar, decirles que paren, que le dejen en paz, que ya no le maltrataran más, acaso no entienden que es el Hijo de Dios, que esta pagando por delitos que no cometió!

Podía enojarme con aquellos que injustamente le acusaban, pero también sabía que todo estaba bajo el control de Aquel que me había elegido para formar en mi vientre al Redentor. Como madre no podía aceptar lo que mis ojos veían, pero sabía que Dios sabía lo que hacia, y que mi deber era permanecer a su lado y callar, así como Jesús lo hacia. Ya que nunca abrió su boca, sino que en silencio soportó el dolor.
Él no merecía el escarnio ni las burlas, pero todo lo soportó; porque sabía, confiaba, en el propósito de su nacimiento. Que él vino a buscar y salvar lo que se había perdido, que sería despreciado y humillado, varón de dolores, experimentado en quebrantos, que llevaría nuestras enfermedades, sufriría nuestros dolores… Cuando lo veía sufrir allí, sabía que era por causa de nuestras faltas, de nuestros pecados. Cada azote, cada burla, debían ser para mí, por cada vez que decidí hacer mi voluntad por encima de la del Padre.  ¡Él no había hecho nada digno de semejante castigo!

Durante treinta y tres años, había escuchado cada una de sus palabras y en mi corazón las había guardado como a un especial tesoro. Ahora veían a mi mente las palabras del profeta Isaías cuando decía, que el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus llagas, ahora visibles en el cuerpo de Jesús, seríamos sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, mas Dios cargó en él el pecado de todos nosotros.
Como madre, me sentía impotente frente a tanto dolor. Porque no lograba entender porque eligió sufrir tanto por amor a aquellos que le despreciaron.
Junto a los que le seguían había gritado con todas mis fuerza que lo liberaran cuando Pilato preguntó, si a Jesús o a Barrabás preferís. Pero la multitud tuvo más fuerza. No podía entender como elegían a un asesino antes que a Jesús, el Hijo de Dios, que había demostrado su deidad por medio de muchos milagros.

Habría intentado limpiar sus heridas luego de ser azotado, pero sus cortes seguían sangrando. Habría deseado ser la elegida para ayudarlo a llevar su cruz pero Dios tenía destinado quien lo haría. No podía entender por completo la obra que Jesús estaba haciendo. Habría deseado ser yo quien sufriera en su lugar, pero de nada serviría pues solo él estaba designado para ello.

Solo su sangre vertida tiene el poder de limpiar los pecados de la humanidad.
Solo el Justo podía dar su vida por los injustos. Uno sin pecado por los pecadores.
En medio de la angustia y mis pensamientos, oí su voz, en agonía diciendo: ¡Padre, porqué me has desamparado!
En ese momento entendí que su mayor sufrimiento no fue el dolor físico ocasionado por los hombres, sino el abandono de Dios, cuando el pecado lo sostuvo en esa cruz, cuando las faltas de todos nosotros cayeron sobre él, y su Padre Santo ocultó su rostro.

Allí pude entender que por mi estaba clavado a esa cruz, que no solo era mi hijo, un hombre de carne. Él era Dios que vino a pagar por el pecador, y que también por mí estaba clavado en aquella cruz.
Entendí que si él lo hubiera deseado en un momento podría haberse bajado, haber cerrado la boca de los que le insultaban. En un momento podría haber detenido el corazón del soldado que lo clavaba a aquella cruz, pues Jesús es por quien todo fue creado y subsiste. Pero lo que lo aferró a esa cruz no fueron los clavos, sino el amor y el anhelo de salvar al pecador. El amor por tí y por mí, lo sostuvo en esa cruz.

Luego sus palabras lo afirmaron: ¡Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen!
Podría haber clamado clemencia, podría haber dictado juicio para con los que le insultaban, podría haber clamado y ángeles le hubieran defendido.
Pero allí clavado Jesús pensó en aquellos que estaban a su lado, mirándolo con odio y desprecio y una vez más les demostró que no vino para condenarlos.
Ninguna de sus palabras me conmovió más que estas últimas. A pesar del sufrimiento ocasionado por los hombres, de las burlas y el desprecio, él clamo una de sus últimas palabras manifestando su amor para con sus agresores.

Y al fin descansé, al oír sus palabras, ya casi sin fuerzas, como un simple suspiro exclamó: Consumado es.
Pues sabía que había terminado aquel calvario para el Hijo de Dios, para el hijo que Dios me dio el privilegio de llevar en mi vientre, al que críe y cuide durante tantos años. Por fin supe, que la obra estaba finalizada y ya dejaba este mundo para volver a la gloria que le correspondía y a la que había dejado por venir a buscar a aquellos que a mi lado le estaban mirando con desprecio.
Por venir a salvar a aquellos por los cuales él murió.
A través de sus ojos, mientras estaba en la cruz, pude ver la compasión y el amor que sentía por cada ser por los cuales moría.
A través de sus ojos, pude ver que el pecado debía ser pagado y que él eligió saldar esa deuda.
A través de sus ojos pude ver, mi condición de pecadora y su deseo de ser mi Salvador.
Y al tercer día, cuando vi la tumba vacía, mi corazón se llenó de alegría. El que resucitó es el único que puede dar la vida. Ese día comprendí que aunque el murió por todos resucitó, venciendo el pecado, la muerte y a Satanás.

“Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” Romanos 6:23 NVI

Debemos entender que todos somos pecadores (Romanos 3.23), que no hay obra que podamos hacer para ganar la salvación (Efesios 2.8y9), que Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo (Juan 3.16) y él derramó su sangre para que nuestros pecados pudieran ser limpiados (Apocalipsis 1.5), y que resucitó al tercer día. Y también debemos recibirle en nuestro corazón como nuestro Salvador personal.

“Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.” Juan 1.12 NVI

Si aún no lo has hecho te animo a que no dejes pasar este día. Si deseas hacerlo puedes orar así,

Señor creo que soy pecador y que no hay nada que yo pueda hacer para llegar al cielo, creo que Jesús murió por  mis pecados y que resucitó para darme vida eterna, y hoy te recibo como mi Salvador Personal. En el nombre de Cristo, amén.

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