PREFACIO

“Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”
Romanos 9:16

Este es uno de los versículos que más me gusta. Porque me recuerda que nada en esta vida depende exclusivamente de mí. Sino que más allá de lo que puedo lograr en mi vida con mis esfuerzos dependo de Dios y de su misericordia.
Y, cuando a veces pienso en porqué he tenido que sufrir tanto tiempo, recuerdo que yo no soy nada ni nadie para altercar con Dios, acaso “dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿por qué me has hecho así?”(Ro. 9:20)
Por tanto, cada una de las palabras escritas en esteBLOG no están enfocadas en mi persona, sino en la persona de Dios. Y el propósito de este libro no es otro que a través de lo que Dios ha hecho en mi vida puedas verle a él, su poder, su amor, su soberanía, su gracia, su cuidado, y puedas conocer más de su persona.
Para algunas personas que me conocen puede ser que ya haya sufrido demasiado, tal vez para otras, todavía no he sufrido tanto como otros en el mundo. Y sin duda alguna, ambos puntos de vista son correctos. Pero nadie puede sufrir más que el que está sufriendo. En mi familia, tengo a mi nona, que es la mayor de tres hermanas mujeres. Gracias a Dios ella no ha experimentado dolores físicos muy fuertes en su vida. Hoy tiene 89 años y sufre los dolores clásicos de la edad. Pero su hermana del medio, 8 años menor, desde muy joven padeció de dolores de espalda, fue operada 2 veces, y aun así sufre dolores fuertísimos. Como es digno de los italianos, cuando se juntan las tres hermanas nunca faltan discusiones y peleas a grandes voces. De hecho la mayoría de la gente que nos visita en fiestas familiares o se ríen o salen espantadas por dichas peleas. Una de las peleas más comunes es acerca de a quién le duele más. Las dos hermanas empiezan la discusión exponiendo sus diferentes lamentos. Después de horas de duelo, terminan la reunión tomando mate y sin ninguna resolución, pues saben que al final nadie sufre los dolores (sean físicos o emocionales) más que el que los padece. Y si la otra persona dice que su dolor es terrible, debo creerle y no menospreciarlo por lo que yo pueda estar sintiendo.
Pero hay mucha gente que mira a quien sufre y no le toma en cuenta, pensando que en realidad no tiene porqué quejarse. Esto me sucedió reiteradas veces después de mi accidente. Pero lo que me consolaba y todavía hoy me consuela, es que no importa lo que piensen los demás sino que Dios conoce exactamente mi dolor y me comprende. Este es uno de los mayores consuelos que he experimentado en mi largo camino de dolor. Y que espero sea de consuelo también para tu vida.

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