Hoy es un buen día para sumergirnos en la presencia de Dios PARTE I

¿Cómo esperar los tiempos de Dios? ¿Cómo deleitarme en su presencia? Solo es posible cuando nos sumergimos, nos adentramos, somos consumidos, formando uno mismo, en Dios.
Pero esta sincronía y compenetración no se logra haciendo una sola cosa, ni tampoco la podrás alcanzar de inmediato. Si eso es lo que te estás preguntando.
Hoy, voy a intentar expresarte de forma clara, qué significa para mí esto y, cómo lo he logrado; en algunos momentos de mi vida, y sigo intentando que sea de forma permanente. Porque no es algo natural, no es algo que nos resulte fácil. Requiere un esfuerzo, una decisión de parte nuestra.
Elegí el verbo sumergir para explicar este tema porque es, según yo, el que más se asemeja a lo que te quiero describir.
No sé si alguna vez has hecho snorkel. Yo lo practiqué por primera vez en mi luna de miel, y aunque parece algo sencillo, tiene su chiste. Primero, debes probar el respirador, el cual es un tubo que te colocas en la boca y te conecta con la superficie, brindándote el aire necesario para respirar mientras te encuentras sumergido debajo del agua. Segundo, debes ponerte los lentes, los cuales tapan tu nariz. Y si eres como yo que no acostumbro respirar por la boca, esto te llevará algo de tiempo, pues cada vez que respiras por la nariz se te empaña el visor.  Pero cuando realmente lo dominas es fascinante.
Al principio, cuesta un poco respirar, puedes sentirte asfixiado, que te falta el aire; también pueden nublarse tus visores, e intentas levantar la cabeza de inmediato y piensas que también se ven bonitos los peces desde encima del agua transparente. Pero si eres una persona perseverante, lo intentarás un par de veces hasta tenerlo dominado y luego, podrás estar largos períodos sumergido debajo del agua, disfrutando del silencio y la armonía de los movimientos y colores que se hayan a tu alrededor.
Así sucede cuando Dios nos está preparando para sumergirnos en su presencia. No sucede de inmediato; ni intenta ahogarnos metiendo nuestras cabezas debajo del agua para ver si logramos aprender. ¡NO!
Primero, nos enseña a respirar a través de él. Y cuando sentimos nuestro pecho comprimido, y que nos cuesta respirar por las diferentes situaciones que debemos enfrentar. Nos mira a los ojos y nos recuerda que podemos confiar en él, como dice el apóstol Pedro: “Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.” 1 Pedro 5:7 (NVI)
Pero recuerde que no solo necesitamos del tubo para respirar sino también de los visores. La herramienta fundamental para poder ver con claridad debajo del agua. El autor del salmo 119 nos dice lo siguiente, “Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero.” (Verso 105)
Por lo que concluimos que para sumergirnos en la presencia de Dios necesitamos tanto de la oración que nos libera, llevando nuestras cargas a Dios. Así como de la palabra de Dios que nos sustenta y nos permite ver por dónde podemos ir.
Debemos entender que Dios no nos pondrá en una prueba sin antes prepararnos. Por medio de nuestra comunión personal con él es que llegamos a conocerle de tal forma que aprendemos a depender de nuestro Padre en oración y, a ser sostenidos y guiados por su palabra.
Algunas veces, Dios nos prueba para mostrarnos que ya estamos listos, que hemos aprendido bien. Aunque al principio se acelere nuestra respiración por cierto temor, y se nos empañen los vidrios impidiéndonos ver con claridad. Pero, poco a poco, todo se va calmando y la paz de Dios inunda nuestro corazón. Recordándonos que no estamos solos, que él nos ve y nos cuida. (“El Señor mismo marchará al frente de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará. No temas ni te desanimes.” Deuteronomio 31:8). Es entonces cuando llegamos a dominar la situación por la que estamos pasando, no por nosotros mismos, sino porque nos hemos sumergido por completo en la presencia de Dios.
Un predicador dijo una vez, en una conferencia juvenil: “Las convicciones no se forman en las pruebas, sino antes. Pero solo en las pruebas se manifiestan.”
Y es cierto, debemos entender que Dios no nos coloca en la prueba para vernos sufrir, sino porque sabe que ya estamos listos para pasar al siguiente nivel. Para cuando llega la prueba Dios ya se ha tomado el tiempo de enseñarnos todo lo necesario para que podamos respirar y ver a través de él mismo. Por medio de la oración y de su palabra.
Y así, aunque no puedas sacar tu cabeza del agua por largo tiempo, veras que ya no será necesario hacerlo. Porque comenzarás a experimentar la paz y satisfacción de esperar en Dios. Sostenido por la oración y afirmado en las promesas de su Palabra.
Otra vez, pondremos al rey David como ejemplo. Ahora en el capítulo 18 de los salmos. Veamos los versículos 3, 4 y 5:
“Invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos. Los lazos de la muerte me envolvieron; los torrentes destructores me abrumaron. Me enredaron los lazos del sepulcro, y me encontré ante las trampas de la muerte.”
David, un hombre conforme al corazón de Dios, pudo sentirse asfixiado cuando la prueba llegó a su vida. Y es entendible, tenía enemigos que lo asechaban y deseaban su muerte. En esa situación David clama a Dios. Hace uso de la herramienta que Dios nos da para poder respirar cuando el aire escasea, LA ORACIÓN.
El comentarista Mattew Herny dice lo siguiente: “El salmista se queja de que hace mucho tiempo que Dios se alejó. —Él ora fervorosamente pidiendo consuelo.—Él se asegura una respuesta de paz.”
Cuando nosotros también nos acercamos a Dios con un corazón sincero expresándole el dolor por el cual estamos pasando y el real estado de nuestra alma angustiada. Aunque esto signifique expresarle nuestra sensación de abandono y soledad. Cuando clamamos a Dios y le confesamos que ya no tenemos más fuerzas, que por favor nos dé una salida. Debemos saber que él nos oye y estará ahí para traer refrigerio a nuestra alma atribulada.
“En su angustia clamaron al Señor, y él los salvó de su aflicción. Los sacó de las sombras tenebrosas y rompió en pedazos sus cadenas.” Salmo 107:13

Mattew Hernry continúa en su comentario diciendo: “Nunca debemos permitirnos formular ninguna queja sino la que nos ponga de rodillas. Nada mata más al alma que la falta del favor de Dios; nada revive más que el retorno de ello.”
Notemos que luego que David se desmorona delante de Dios a causa de sus padecimientos, dice lo siguiente:
“En mi angustia invoqué al Señor; clamé a mi Dios, y él me escuchó desde su templo; ¡mi clamor llegó a sus oídos!”. (Verso 6)
La paz de Dios volvió a su alma y la oración efectuada llenó de aire sus pulmones comprimidos. “Si llevamos nuestras preocupaciones y penas al trono de la gracia y los dejamos ahí, podemos irnos como Ana y nuestro rostro ya no será más triste, 1 Samuel 1: 18. La misericordia de Dios es el sustento de la fe del salmista.”, completa el comentario de Mattew Henry.
Debemos comprender que de una u otra forma enfrentaremos momentos difíciles en nuestra vida. Pero es nuestra decisión enfrentarlos con nuestras fuerzas o someternos voluntariamente ante aquel que nos ama y tiene el poder suficiente para cargarnos en sus brazos.
“Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos.” Salmo 84:5

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